Pasarela de Cierre
La colección “Frontera”, de las mexicanas Julia y Renata en Plaza Mayor, fue una declaración poderosa de memoria, identidad y modernidad.
Fundada en 1993 por las hermanas Franco, la marca se ha distinguido por su moda conceptual, atemporal y sin concesiones a lo decorativo. Su método parte de la experimentación, incluso del error, como un camino creativo.
En Frontera, esa búsqueda se convirtió en reflexión: ¿cuáles son los límites que habitamos, físicos, emocionales, culturales? Como lo contaron las diseñadoras, el primer borde que reconocemos es el cuerpo: cómo lo protegemos, cómo lo mostramos, cómo lo llevamos frente al mundo.
La pasarela tradujo esta idea en prendas etéreas, fluidas, con cortes oversize y drapeados suaves que, más que definir, buscaban difuminar las líneas. Los cortes modulares y las siluetas sin interrupciones transmitieron una libertad poética. La paleta se movió en tonos minerales —gris ceniza, basalto, pólvora— con destellos intensos como el rojo pimienta o el negro obsidiana. Los textiles, entre gasas, crepés y sedas satinadas con lino metálico, crearon capas envolventes que abrazaban el cuerpo con naturalidad. Las siluetas jugaron entre bermudas y trajes oversize, transparencias delicadas y drapeados voluminosos que daban presencia sin imponerse.
Un punto alto fue la colaboración con Lorena Zertuche (Loló): tortillas y totopos convertidos en collares y aretes de oro de 18 quilates, sombreros charros y huaraches miniaturizados en piezas preciosas. Símbolos cotidianos elevados a objetos de arte. También se sumaron artesanos como Bakú Artesanal, que reinterpretaron huaraches y tejidos con materiales reciclados, reforzando una estética consciente, entre tradición y presente.
El desfile cerró con “El Canto del Brasero” de Pedro Infante, un guiño nostálgico que invitó a pensar en raíces y pertenencias.
Con Frontera, Julia y Renata mostraron que la moda puede ser introspección y memoria, pero también un acto de resistencia creativa. Con serenidad y contundencia, recordaron que lo cotidiano —una tortilla bañada en oro, un traje reinterpretado— se convierte en arte cuando se lee con sensibilidad. Su cierre dejó claro que la verdadera elegancia atemporal es también libertad.










